Dice Ernesto Filardi que no podemos acercarnos a las obras clásicas de la Literatura como si estuvieran desparramadas sobre la mesa de un taxidermista. “Los clásicos están vivos, y merecen ser tratados como tal. Hay que sacarlos de paseo, tomar un café con ellos, escuchar lo que tienen que contarnos, contarles nuestras cosas y quedar de vez en cuando para ponerse al día”, agrega.

Estoy comenzando a pensar que tiene razón. Me pasó reciente con Don Quijote de la Mancha, uno de esos clásicos que los programas de estudio en la educación media se han esmerado por poner en la lista de aburridos, intratables e ilegibles. Me pasó lo mejor que le puede pasar a cualquier lector: me metí tan de lleno en la historia que pude disfrutarla con la misma contundencia con la que se disfruta una buena película o una serie.

Y sucede que cuando uno descubre algún deleite inesperado de este tipo, quisiera compartirlo con todos, exactamente como cuando nos topamos con una serie excepcional: la recomendamos a la primera provocación.

Borges, siendo Borges, lo llevó más lejos: “siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote”, dijo en una conferencia.

Pero más allá de toda la felicidad que reporta una obra maestra como la de Cervantes, hay algo que queda latente: la idea de que el mundo necesita más locos como el Quijote.

El bien sobre la Tierra

Pero en ese mismo mundo están pasando tantas cosas al mismo tiempo, y las redes sociales nos han ayudado a enterarnos de la mayoría de ellas, que hablar de Alonso Quijano y su peculiar aventura puede resultar un esfuerzo inocuo.

Entre todas estas cosas que están sucediendo, hay un fenómeno particular que está despertando el debate y las preocupaciones de todo nuestro continente y el mundo: el resurgimiento de una derecha anacrónica, atroz y potencialmente maligna.

Jair Bolsonaro, el presidente electo de Brasil, es solo la más reciente muestra de que el fascismo no está tan enterrado como suponíamos. El gran peligro que entrañan estas figuras reside en el apoyo mayoritario que obtienen de ciudadanos que ven en ellos el castigo idóneo para la izquierda incompetente —y en general para toda la clase política tradicional—, sin detenerse a pensar que la supuesta medicina podría terminar de hundirnos, incluso más que la misma enfermedad.

El fascismo está resultando nuevamente atractivo para millones de personas, a tal punto que la diferencia entre Bolsonaro y Fernando Haddad, su más cercano oponente, fue de casi 10 % de los votos escrutados.

Y no se trata de caer en alarmismos innecesarios, o de plano en el más infame amarillismo, pero no podemos obviar que el presidente electo del país más grande de América Latina ha soltado joyitas discursivas como que está a favor de la tortura, que preferiría tener un hijo muerto que uno homosexual, o que le advirtió a una mujer que nunca la violaría porque “no se lo merece”.

Es imposible no pensar que en Brasil no perdió un partido, un sector de la sociedad, o una ideología política, sino la libertad misma. Y con Brasil perdimos todos también un poco.

Y aquí es donde entra esta figura extravagante del Caballero de la Triste Figura. Pero en este punto tengo que asirme de las palabras de Matilde Elena López, de su ensayo Hamlet, Don Quijote, Don Juan, Segismundo y Fausto, cinco grandes mitos del arte en la edad moderna para explicar mejor mi punto:

¿Qué se propone don Quijote? Realizar el bien sobre la Tierra. Su figura alcanza grandeza heroica cuando expresa la frase eterna y definitiva: “Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Doña Matilde agrega que Don Quijote “es el símbolo de la fe, de la acción heroica, de la afirmación de la vida”.

La afirmación de la vida. No olvidemos que la aspiración suprema del fascismo en la negación de la vida misma en función de un proyecto superior.

La reivindicación de la locura

Don Quijote no representa solamente la locura extraviada por culpa de la lectura asidua de la Literatura de género. Considerar que de eso se trata la gran novela de Cervantes es recular en un simplismo cercano al error. Las ridículas hazañas del Quijote y Sancho son un estandarte de la importancia de reivindicar la Libertad y la Humanidad por encima de cualquier ideología mezquina.

El mensaje ulterior del de La Mancha sigue resonando con vigencia mítica en los grandes ideales que mueven al mundo todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI: Libertad, sí, pero además Justicia. Dos palabras a las que son alérgicos los políticos como Bolsonaro o Trump.

Y aquí, de nuevo, tengo que dejar hablar a Elena López:

En la hora de la injusticia, de la crisis social que anuncia cataclismos y del drama del hombre, renace don Quijote, guardando en el alma tesoros de fe en la capacidad humana para la bondad; fe en la humanidad que se levanta como Cristo de todas las pruebas y de todos los calvarios.

Y frente a la apostasía filosófica de la muerte, se yergue don Quijote.

Nos urge que renazca Don Quijote, y que su cuarta salida sea una cruzada contra el fascismo.

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