Sentirnos extraños en determinados círculos y situaciones sociales: sentir que no encajamos, que las conversaciones, que los énfasis, que los debates no nos corresponden, nos rozan apenas pero no son lo que quisiéramos. Es un escenario común para los que profesamos, con cierta resignación, la predilección por la literatura, las artes o sus alrededores. Pienso que en países con altos índices de desarrollo y educación la brecha no será tan desgarradora, pero acá sí lo es: vivo en un país que no lee ficción, ni la propia ni la extranjera, y si bien ese no debería ser un impedimento para convivir, no puedo evitar sentirme patojo; sentir que por más que quisiera no puedo soltar, entre cerveza y cerveza, alguna referencia ñoña sobre el último libro que leí, o discutir el argumento soso del cuento que escribí hace un par de meses.

(En el otro extremo de tenemos los clichés que las redes sociales se han esmerado por poner sobre la mesa: qué pecado sonar como aquel pseudolector farsante que ama los días lluviosos, el olor del café, de las páginas de libros viejos y las citas apócrifas de Cortázar y Nietzsche. O, por el contrario, el amigo pesado que siempre está intelectualizando hasta la más banal de las pláticas, pero ese no es el punto aquí).

El fenómeno no es espontáneo, es sistemático: elegir una carrera; pertenecer a determinados círculos sociales; optar por cierto prestigio social… La literatura (me limito a ella por mera economía del lenguaje) sigue siendo un tema marginado desde las instituciones.

Pongamos, por ejemplo, el tema de las carreras: en El Salvador, las ingenierías, licenciaturas en mercadeo/publicidad y las comunicaciones (orientadas siempre al mercadeo/publicidad) están gozando del mismo altísimo prestigio que hace unos años gozaron carreras como derecho o medicina. En medio de esa escala están las carreras como contaduría, psicología o economía. En lo más bajo se encuentran antropología, sociología, idiomas (sí, idiomas), periodismo y letras. Y aun así, letras se puede considerar una especie de afortunada entre los más desgraciados: teatro, música o danza son carreras que ni siquiera existen a nivel universitario en esta finquita malagradecida.

Qué pasaría si un día, por mero desahogo mental, nos pusiéramos a imaginar un mundo donde las cosas fueran exactamente al revés. Donde el mayor prestigio académico estuviese reservado para los que se dedican al arte en cualquiera de sus manifestaciones, y dejamos en el más refundido hoyo a los publicistas.

Eso fue el que imaginó Mauricio Orellana Suárez en Cerdo Duplicado.

Cerdo duplicado

Me resulta difícil entrar en mayores detalles sobre esta novela sin caer en los spoilers. Pero a grandes rasgos ya planteé la idea. Xand es un financista que lo tiene todo: casa, dinero, belleza (propia y alquilada) y una larguísima lista de cosas con las que la mayoría solo podemos soñar. Un día amanece en una pocilga, despojado de sus trajes de diseñador y con la sensación de habitar otro cuerpo, aunque el del espejo sigue siendo el mismo.

Comenzó a vivir en otro mundo: físicamente es lo mismo, pero tiene otros nombres y otras lógicas intrínsecas. Los poetas, filósofos, novelistas o teatreros ocupan la punta más alta de la cadena alimenticia, mientras los financistas como él son vistos como un mal necesario. Los primeros viven en mansiones, los segundos en edificios a punto de caerse.

Los comercios ocupan nombre genéricos (Librería, Cafetería, Jugos naturales); el gobierno, sin dejar de ser un nido de ratas, está controlado por un Consejo de Artistas y Filósofos que, a su vez, se alimentan de las mejores mentes de las universidades y academias. Los que estudian finanzas, como Xand, son los pobres diablos que no son capaces de desarrollar una rama artística; son los orillados a vivir en el margen, en apartamentos de mierda, con salarios miserables.

A los publicistas les va peor: en esta sociedad absurdamente culta, engañar a los consumidores por vía de la publicidad es ilegal, así que los Don Drapper de este mundo extraño constituyen una secta suburbana, una guerrilla en vías de extinción.

Orellana Suárez nos regala una gran historia basado en la premisa ¿qué pasaría si…? (pensándolo bien: ¿qué novela NO parte de ahí?). ¿Qué pasaría si dejamos que los poetas gobiernen?, ¿si les pagamos mejor a los que escriben novelas que a los escriben anuncios comerciales?, ¿y si el gabinete estuviera repleto de filósofos?, ¿qué pasaría si dejamos que el arte sea lo más importante en la sociedad?, ¿y si institucionalizamos el pensamiento crítico?, ¿serían mejores las cosas en ese mundo hipotético que en el actual?

Por el momento solo tenemos una forma de saberlo: leyendo Cerdo duplicado.

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